No fue un partido de fútbol.
Fue algo imposible de explicar. Fue volver en el tiempo, regresar al Estadio
Azteca y sentir que la historia, por un instante, nos regalaba otra
oportunidad. Fue imaginar otra vez a Diego llorando, gambeteando ingleses como
si el destino le hubiera puesto obstáculos solo para demostrar que los
argentinos nunca dejamos de creer.
Y en la Batalla de Atlanta desde
el primer acorde del Himno Nacional, los jugadores lo cantaron con el corazón
desbordándoles el pecho. Ahí entendimos que no era un partido más. Ahí volvió
esa fe inquebrantable en esta Scaloneta que nos hace vivir con el corazón
acelerado, con la presión por las nubes y el alma en un puño. Y qué hermosa es
esta adrenalina que solo un argentino puede comprender.
Durante noventa minutos, más
los nueve de descuento, Argentina peleó como pelean los que aman su tierra.
Como aquellos gauchos matreros que defendían la llanura pampeana con coraje y
dignidad. Cada pelota era una causa. Cada cruce, una promesa. Y como bien dijo Lio
Scaloni: “se criaron en ambientes donde no le tenían miedo a nada, no les pesa
la responsalidad”.
Literalmente dejaron la vida
por los colores e inmortalizaron jugadas épicas, como la del Cuti Romero que salió
jugando desde el fondo con una categoría que solo tienen los elegidos. También,
como Nico Tagliafico y Leandro Paredes que dejaron el alma en cada cierre. Ó como
Giuliano Simeone, que corrió cada metro como si llevara grabado en la sangre el
legado de su padre, entendiendo que esta camiseta se defiende con el cuchillo
entre los dientes. Pero también tenemos bajo los tres palos un visionario como Emiliano
Martínez que transmitió esa seguridad que solo tienen los arqueros destinados a
hacer historia, empujando al equipo con su voz y con esos pelotazos que
buscaban a Julián, a Enzo.Sí, Enzo.
El mismo que le pegó a la
pelota como cuando un chico sueña en un potrero, como si desde San Martín
quisiera hacerla llegar hasta Núñez. La clavó donde nacen los goles
inolvidables. Después llegó el Toro, bravo, indomable, con esa rebeldía que
tienen los que jamás se resignan. Porque los sueños también se trabajan. Y
cuando uno pelea por ellos, muchas veces terminan haciéndose realidad. El soñó
y se lo contó a Facu Medina, antes de hacer historia.
¿Y qué decir de Lionel Messi?
Él no nació entre reyes. Nació en Rosario, en la cuna de la Bandera. Creció
mirando el Paraná, aprendiendo que el esfuerzo siempre vale más que cualquier
corona. Por eso sigue jugando con la humildad del pibe que nunca olvidó de
dónde vino, aunque hace años conquistó el mundo.
Pero todos sabíamos que esto
nunca fue solamente un partido de fútbol. Era Inglaterra. Y cuando Argentina
juega contra Inglaterra, inevitablemente aparece Malvinas.
Porque Malvinas vive en cada
rincón del país. Está en un cartel al llegar a La Quiaca que marca la distancia
hasta nuestras islas. Está en Ushuaia, donde el mapa parece abrazarlas. Está en
cada escuela, en cada bandera, en cada veterano que todavía carga una historia
imposible de olvidar.
Y Argentina ganó con fútbol,
con inteligencia, con táctica, con carácter, con respeto y con esa viveza que
tantas veces nos hizo diferentes. Pero, sobre todo, ganó con todos los
ventrículos del corazón.
Esta Selección fue el abrazo
que muchos veteranos necesitaban. Fue el abrazo para las familias de quienes
quedaron para siempre custodiando nuestras islas. La memoria no se negocia. No
se borra. Y mucho menos la de aquellos jóvenes soldados que juraron defender la
Patria aun sabiendo que podían dejar la vida en el intento.
Esa herida sigue doliendo. Va
a doler siempre. Por eso, cada vez que Argentina enfrente a Inglaterra, nunca
será solamente un partido de fútbol. Será el recuerdo de Malvinas. Será la
memoria de nuestros héroes. Será un pueblo entero latiendo al mismo tiempo.
Y cuando Enzo abrió los
brazos y llevó sus manos a las orejas, como un Topo Gigio argentino, no solo
desafió al estadio. Le recordó al mundo que nosotros seguimos de pie, que
seguimos creyendo, que seguimos llevando a Malvinas en el corazón.
Y ahora queda una batalla
más. Ojalá la historia vuelva a escribirse con los colores celeste y blanco y
este 15 de julio de 2026 quede pintado, para siempre, sobre un óleo inmortal.
¡Gracias, Argentina!
¡Gracias, Scaloneta!
¡Gracias, Lionel Messi!, por
enseñarnos que rendirse nunca es una opción.
Porque Dios no salvó a una reina.
Dios abrazó a un pueblo que nunca dejó de creer. Y para Él, como para esta
Selección, no existen los imposibles.
Por Gaby Medina





